Durante un viaje ferroviario de Sevilla a Madrid, el otoñal caballero Mathieu (Fernando Rey) cuenta a sus fortuitos compañeros de vagón sus infortunios con la bailarina Conchita (Angela Molina unas veces, otras Carole Bouquet), a quien poco antes de que saliera el tren él le ha arrojado un cubo de agua fría. La historia es sobre todo la accidentada relación amorosa de Mathieu con una mujer que juega con él, que se vuelve una obsesión. Mathieu pasa, con Conchita, por diversos estados de ánimo, del deseo a la frustación, de las caricias a la violencia. Ella lo incita y luego parece entregársele, pero, por ejemplo, en lugar de mostrarse desnuda tiene un corsé de inumerables cintas férreamente anudadas. Paralela a esta historia ocurre- como posibilidades de una “segunda historia” subliminal- una serie de atentados terroristas, los cuales -a pesar de que Mathieu sufre uno de ellos: un atraco- parecen no inquietar mayormente a los protagonistas ni al curso del argumento central.
Luis Buñuel´s final film chronicles a deliciously cruel series of sexual humiliations told by a bourgeois old man to fellow passengers on a train. So blinded by his obsessive love for the beautiful Conchita, Fernando Rey fails to notice how she is really two women – one svelte and cool(Carole Bouquet), the other steamy and voluptuous(Angela Molina). Clever and tantalising this is the last word in Buñuel’s catalogue of preoccupation with the connection between sex and violence.